jueves, 28 de marzo de 2013

Informe de H. Pittier sobre el Terremoto de Fraijanes (30 de diciembre de 1888)



Informe de H. Pittier sobre el Terremoto de Fraijanes (30 de diciembre de 1888)

La Gaceta, 17 de enero de 1889. Instituto Meteorológico Nacional, enero 14 de 1889.

Señor Secretario de Estado en despacho de Instrucción Pública.

SEÑOR:

Conforme a sus instrucciones, salí de San José el 4 del mes en curso, con el fin de ir a averiguar los cambios efectuados en los volcanes de Barba y Poás, después de los recientes terremotos. Mi colega y amigo el Licenciado Biolley tuvo a bien acompañarme en esta expedición, la cual duró hasta el domingo 13 del corriente.

Con toda diligencia puso a mi disposición el señor Jefe Político de Barba los guías y cargueros que se necesitaban para abrir las veredas y traer los víveres e instrumentos; por manera que en la tarde del mismo día fuimos a dormir a la casa del Doctor Flores, al pie del cerro de Barba. En el trayecto no encontramos daños dignos de mención, y ni en los alrededores de la laguna, ni en la cresta llamada del Carrizal hallamos indicios de una reciente conmoción. No me gusta emitir opiniones perentorias cuando no tengo todos los hechos comprobados, pero en el presente caso no vacilo en afirmar categóricamente que el Barba no ha tenido últimamente erupción, ni se puede considerar como centro de los temblores actuales. Con esta convicción, basada sobre hechos bastantemente seguros, continué al día siguiente en dirección a El Desengaño, después de una noche que hicieron muy molesta la lluvia y la neblina.

Al salir de las selvas, en las cabeceras del río Segundo, y a una altura de 1600 metros, aproximadamente, encontramos las primeras señales del temblor, que consistían en grietas de una extensión variable y paralelas al curso de los ríos, y en derrumbamientos insignificantes. Los estragos van siendo mayores a medida que va uno acercándose al río de la Máquina, la cual quedó completamente ruinosa. En su curso superior, el río ha estado interceptado por un derrumbamiento bastante considerable, hallándose sus aguas muy lodosas todavía. Hasta la casa del señor Pedro Mejía, donde establecimos nuestro cuartel general desde el 7 hasta el 10, encontramos cegadas las zanjas, los caminos interrumpidos por la caída de los paredones, las casas tumbadas o muy maltratadas y las faldas más inclinadas deslizadas y separadas de los aparejos de las lomas por paredes impasables.

Fijándome en los puntos que han sufrido, noté que generalmente coinciden, ya con las líneas de menor resistencia del suelo, a un lado, ya con las de mayor esfuerzo del terremoto, del otro. De modo que allí donde el terreno, por su especial colocación, puede considerarse como mal sentado, lo que sucede, por ejemplo, en las vertientes de los ríos, se ha puesto en movimiento con mayor facilidad cuando tuvo efecto el terremoto, deslizándose hacia el bajo con todos los edificios que lo cubrían. Y esto mismo ha ocurrido al encontrarse dos pendientes de desigual inclinación; en el propio ángulo el suelo ha sido solevantado, quedando destruidas las construcciones que lo ocupan, De dos edificios igualmente sólidos, y ubicados, uno en esta y aquella condición, y el otro en el medio de un llano, en la fila de una loma o en una falda de poco declive, el primero quedó enteramente aplastado, o cuando menos, muy mal trecho, mientras que el segundo casi nada sufrió. A esta observación, verificando diariamente en mi última excursión, tengo que agregar que la naturaleza del suelo no debe perderse de vista cuando quiere uno darse cuenta del efecto del temblor. En efecto, un suelo de aluvión y arenoso transmite la conmoción con más fuerza que un suelo arcilloso y denso pero muy elástico. Desde este punto de vista el examen de lo ocurrido en San José es por demás instructivo e interesante, pues que los estragos han sido generalmente mayores en las partes altas y secas de la ciudad, y donde el suelo es cascajoso, que en las bajas y pantanosas, donde hay una capa de arcilla muy gruesa.

Mientras el señor Biolley volvía por unos días a la capital, me dirigí a Vara Blanca, casi hasta el río Ángel, con el objeto de hacer un examen en esta localidad. Hallé idénticos estragos a este lado del paso de El Desengaño, aunque seguramente más acentuados en lo que toca al camino. Una comisión especial ha informado sobre este punto y creo innecesario repetir sus indicaciones. De regreso seguimos un camino que corta a bastante altura las faldas del Poás, en dirección a San Pedro de la Calabaza. Si se considera que en esta región es más sólido el terreno a consecuencia de la red de raíces que le sostienen, puede decirse que los efectos del sacudimiento han sido más marcados en el trayecto que va del río de la Paz hasta Fraijanes. Todas las filas están resquebrajadas, hay muchísimos árboles tumbados y los derrumbamientos son muy frecuentes.

Cruzamos un brazo del río de la Paz, cuyo curso ha tenido que ser interrumpido más arriba por un dique considerable, pues al romperse este, el nivel del río ha subido cosa de 3 a 4 metros, lo cual está señalando la capa de lodo que cubre el follaje y los troncos ribereños. Ese día noté otro hecho de cierta importancia en la práctica, y es que las casas con techo de hierro han resistido mejor el choque que las cubiertas con teja, lo cual se debe, indudablemente, al peso mucho menos considerable soportado por las primeras. Si a eso se agregan las demás ventajas de ese género de cubierta, se ve que es con  mucho preferible al antiguo.

En Fraijanes, al pie de la falda Sureste del Poás, casi no hay una casa que haya resistido; y después de un examen detenido me convencí de que la caída de los materiales no se ha efectuado en una dirección determinada, es decir, en una dirección más que en otra. En dos casas que encontré en pie, una con el caballete dirigido de Noroeste a Sureste, y otra orientada Este a Oeste, observé que la teja había caído según la mayor pendiente de los techos y no en la dirección de la sacudida, y si muchas casas han caído del lado Este, eso no prueba que el temblor haya venido en tal dirección, pues no cabe admitir que los edificios hayan caído a la primera oscilación. Por lo demás, aquí mismo en San José puede verse que otras son las causas que han motivado la caída de las casas; estas al caer no han tomado una dirección determinada, como es notorio. De modo que ninguna conclusión puede sacarse con certeza de este solo indicio.

Mucho me ha sorprendido el poco cuidado con que se construyen las casas rurales, a pesar de las tremendas lecciones y avisos de la naturaleza. Cuatro postes plantados en tierra, por encima un marco de madera, mal juntado, y sobre todo una poderosa carga de teja. Sin esfuerzo se comprende que una armazón de este género, tan débil y mal equilibrada, tiene que caer al primer movimiento del suelo. Bueno me parece que el Gobierno publique una serie de planos para casas pequeñas y baratas, adaptadas a las condiciones del país: un cimiento de piedra o de ladrillo, una armazón sólida montada sobre un primer cuadro de madera y con brazos laterales de sostenimiento, un techo de hierro y las paredes de ladrillo o tablas bien juntadas, darían casitas sólidas, más elegantes y confortables que las casuchas de mal gusto que tanto afean nuestros bellos paisajes campestres.

Ni pienso tampoco que el modo de construir en las ciudades llene las condiciones apetecibles. Se preparan planos a la moderna, pero en la construcción nunca se da de mano a las prácticas rutinarias de los antiguos. De ordinario se da el nombre de cimiento a lo que propiamente no lo es, los muros no se levantan simultáneamente, sino por pedazos y sucede que una parte está ya concluida y seca cuando se comienza a construir la otra, y las soleras, que deben servir no solamente para soportar los pisos, sino también para unir las paredes opuestas, solo se apoyan en los muros, sin ser fijadas en ellos.

De Fraijanes fui a visitar la Laguna. Aquí los deslizamientos han tomado proporciones asombrosas, al mismo tiempo que constituyen un fenómeno geológico del mayor interés. Hay dos principales, situados ambos en el aparejo que separa el río Poás del brazo oriental del río Tambor. Uno se ha precipitado al Oeste en el primero de dichos ríos, cuyo curso quedó interrumpido unas cuantas horas, por la acumulación de los materiales; la orilla opuesta del río se derrumbó igualmente, pero sin dar origen a desgracia de ninguna especie.
 
Laguna que se formo en Fraijanes, después del Terremoto del 30 de diciembre de 1888 (Foto Calderon).
El otro derrumbamiento, el de la Laguna propiamente dicha, se ha producido bajo circunstancias especiales. Como lo indica su nombre, un estanque natural existía antes en este lugar. Fue desecado por la mano del hombre y transformado en potrero. Pero con la supresión del agua superficial no desapareció la fuente que había dado origen a la laguna ni el estrato subterráneo impermeable que había permitido la formación de dicho depósito. De manera que las capas superficiales del terreno descansaban sobre un lecho muy poco consistente, sin que pudiera presumiese su peligrosa posición. Luego que vino el fuerte terremoto de la mañana del 30, el terreno se puso en movimiento en el comienzo de la pequeña depresión, o sea a cosa de doscientos metros arriba del potrero de Rafael Castro. Este primer deslizamiento se efectuó en sentido transversal a la depresión y la obstruyó dando lugar a una nueva laguna que existe allí todavía.

El alud siguió después para abajo con una anchura de veinte a treinta metros, recorriendo así un camino de ciento cincuenta metros y dejando por detrás un hondo foso; y así llegó al cañal donde Castro y su familia habían buscado refugio y lo llevó consigo juntamente con estos desgraciados. Es más todavía, como si esta presa no satisficiera todavía a su voracidad, fue ensanchándose más y más, hasta que la zona móvil alcanzó a 200 metros y arrancó la casa inhabitada y todo cuanto allí había; solo una mujer, dos de sus hijos y un peón escaparon casi milagrosamente de tan terrible catástrofe. Las masas de tierra, comprimiéndose y mezclándose con la capa húmeda inferior, se convirtieron en lodo; este fue conducido al río Tambor por un canal estrecho y hondo y de más de medio kilómetro de longitud.
 
Restos de la casa de R, Castro (Foto Calderon)
Pueden emitirse varias hipótesis sobre la causa y el mecanismo de este derrumbamiento, producido en una falda de muy poco declive; pero la explicación que precede parece más natural y resulta confirmada por el examen detenido de los lugares. La vegetación del suelo todavía en pie indica su riqueza en agua, la capa de humus es delgada, por debajo viene una capa de arena gruesa y poco compacta y en seguida un lecho de arcilla impermeable, el cual muy bien ha podido dar lugar a una grande acumulación de agua subterránea. Solo en las crestas de las lomas laterales he notado una especie de asperón volcánico que en algunos puntos ha pasado al estado de escoria; estas rocas forman el límite del derrumbamiento y no han tomado parte en él. El fondo sobre el cual se deslizó la masa de tierra se halla constituido por la capa de arcilla mencionada y se encuentra a veces a cosa de diez metros de la superficie que antes tenía el suelo. En la falda Este del gran derrumbamiento se produjo otro más pequeño que cortó el camino real de Alajuela al Desengaño y bajo seguidamente al río Tambor.

En la Laguna, lo mismo que en Fraijanes, el terremoto vino acompañado de un fuerte y súbito huracán, que bajo de las faldas del Poás, aumentando el terror de los desgraciados moradores de esta comarca. Cabe admitir que el desplazamiento respectivo de la masa del volcán produjo en la atmósfera una conmoción análoga a la que se efectúa en los aludes de nieve: en la Laguna esta corriente ha tenido que ser mayor a consecuencia del movimiento local del terreno.

Después de unas horas consagradas a recorrer los tristes lugares de que vengo hablando, regresé al cuartel general a donde llegó el señor Biolley en la misma noche. El 10, muy temprano, nos pusimos en marcha y cruzamos la depresión del Desengaño para subir al Poás. Noté el mismo hundimiento del terreno, los mismos derrumbamientos, hasta una altura de 2300 metros, poco más o menos. La parte superior del cerro no presenta sino una desagregación del suelo, que puede atribuirse más bien a una vibración continua, que al efecto propio de las sacudidas. No vacilo en creer que la conmoción producida por el volcán ha sido especialmente un esfuerzo lateral, lo que parece confirmar la circunstancia de que los estragos cesan a una altura regular, que es próximamente la de la laguna del cráter (2265 m), el cuál al llegar nosotros, se encontraba envuelto en una oscura y espesa neblina. Acto continuo establecimos nuestro campamento en los bordes de la romántica laguna del cerro del Sureste, no lejos del lugar donde el río Ángel, riachuelo aún, se escapa de ella buscando salida hacia el Noreste.       

No es este el lugar de pintar las maravillas que encierra esta preciosa joya de loa Andes costarricenses, ni mi tosca pluma alcanzarían tampoco a dar idea aproximada de aquel bellísimo paisaje. Volví a mi positiva tarea; medí este espejo del cielo; tomé la temperatura de sus límpidas aguas; fijé en inalterables planchas los rasgos de su belleza, y después, cuando el velo que rodeaba la montaña hubo desaparecido, pasé a examinar el abismo en el fondo del cual yace la hirviente laguna inferior.

A primera vista, pocos cambios ha sufrido el cráter actual después de mi primera excursión (25-27 de julio de 1888). Solo en el lado Oriental y más especialmente al Suroeste, cerca de la quebrada que pone en comunicación el cráter con la cuenca del Toro Amarillo, se observan derrumbamientos recientes y bastante considerables. Además, las peñas han sido como lavadas y a sus pies se ve aún la excavación producida por lo chorros de agua al caer verticalmente. En el momento de nuestra llegada observamos los dos puntos que señale en mi presente informe, y que actualmente están en ebullición. Pero de súbito una columna de agua, lodo y negra, se escapó del punto Norte, subiendo a una altura de diez o doce metros, lo menos, y aún prolongándose todavía más, por bocanadas de vapores blancos. A todo esto, el punto Sur tomaba una efervescencia violenta. Después todo quedó en reposo y solo se escuchaba el ruido de los cabrilleos de las olas ácidas que sube de la hoya gigante. Al cabo de 15 o 20 minutos se elevó de repente una columna negra, altísima, aterradora, rodeada de chorros menos elevados y que recaían en la laguna con el ruido del trueno, formando algo así como una fuente gigantesca. A primera vista estimamos la altura de esta columna en cincuenta metros, pero un cálculo hecho después con datos seguros me da setenta y dos metros. Un cuarto de hora después tuvimos ocasión de contemplar una nueva erupción algo menos intensa, y más tarde, una violenta agitación alrededor del punto Sur. Durante la noche escuchamos con harta frecuencia el sordo rumor de las erupciones, y al amanecer, después de parco desayuno, proseguimos el estudio de aquel interesante fenómeno.

Al descender hasta el fondo, observé de camino muchos cambios y casi he llegado a la convicción de que, cuando la erupción llegó a su plenitud, el chorro de lodo, en vez de caer en el interior de la laguna, llegó hasta las paredes del cráter, lo que explica es aspecto de las peñas a que anteriormente me referí. La temperatura del agua ha subido bastante, llegaba a 39,1 grados centígrados en 1861 cuando la visitó Frantzius, a 55,5 grados el 26 de julio del año próximo pasado (1888) y ahora llega a 64,2 grados.

Todavía tuvimos ocasión de presenciar algunas otras erupciones, después de lo cual trepamos, para regresar acto continuo a Alajuela. En el camino averiguamos que el gran derrumbamiento que se columbra hacia el Sur desde esta capital, se encuentra próximo al rancho del Achiote, en la cabecera del un afluente del río Prendas. No tiene mayor importancia, aunque es bastante extenso. En Alajuela concluyó mi comisión; me despedí de mis valientes guías y cargueros, los señores Oviedo, Rodríguez (padre e hijo), Marín y Salazar, cuyos nombres cito aquí con agradecimiento. Muy reconocido quedo también de mi amigo y compañero el señor Biolley, por la constancia con que me acompaño, a pesar de tantas dificultades como tuvimos que vencer. Me complazco, así mismo en consignar que de parte de las autoridades del tránsito, recibí todo el apoyo de que hubo menester en mi excursión.

Importantes son los datos topográficos y geográficos recogidos en esta comisión; mas se necesitaría mucho mayor espacio del que puedo disponer para hacer de ellos aunque fuera una breve reseña. Por lo tanto, y de acuerdo con el señor Ministro, limito este informe a lo estrictamente necesario, reservándome para más tarde la recopilación de todos los datos que conservo sobre la cordillera volcánica central de Costa Rica y sobre la historia de sus erupciones hasta la última, inclusive.

Para terminar, resumiré en forma de tesis las conclusiones principales a que me han conducido mis estudios:

1° Los movimientos seísmicos que hemos venido sintiendo desde el 10 de octubre hasta el 11 de enero, inclusive, son debidos a una recrudescencia de actividad en los volcanes Irazú y Poás.

2° Esta recrudescencia se ha manifestado por una erupción gaseosa y acuosa en el Irazú y por una erupción de lodo en el Poás.

3° En ambos volcanes los fenómenos parecen estar en vía de disminución.

4° El cerro llamado volcán Barba no manifiesta cambio alguno que pueda atribuirse a la acción volcánica.

5° Los terremotos de la noche del 29 al 30 de diciembre coinciden con el mayor esfuerzo producido en el Poás por la desobstrucción de la chimenea del volcán. Con todo el examen del trazado del sismógrafo prueba que San José ha sufrido simultáneamente dos temblores en dirección angular, uno procedente del Irazú y el otro del Poás. La mudanza de asiento de las columnas y cruces del cementerio de esta capital, alrededor de sus ejes, comprueba la duplicidad del fenómeno.

6° No es posible afirmar terminantemente si ha pasado ya el periodo de mayor intensidad de los temblores o no. Sin embargo, tomando en cuenta la historia de estos fenómenos en Centro América, así como el estado actual de los volcanes activos, hay más probabilidades de que el momento crítico haya pasado ya y de que las sacudidas irán siendo cada vez menores hasta cesar por completo.

Acompaño al presente informe una serie de trazados del seismógrafo, así como también una colección de fotografías tomadas en nuestra expedición. Dígnese, señor secretario, acoger mi modesto trabajo con su acostumbrada benevolencia. Adrede he prescindido de toda la teoría especulativa, tanto para evitar malas interpretaciones como para poner mis observaciones al alcance de todo el mundo. Reitero a U. las protestas de mi respeto y alta consideración.

H. PITTIER.            

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domingo, 24 de marzo de 2013

Informe del terremoto de Fraijanes (30 de diciembre de 1888) por el señor Juan de Dios Céspedes G.



Informe del terremoto de 30 de diciembre de 1888 (Terremoto de Fraijanes)

Juan de Dios Céspedes G.
Diario Oficial La Gaceta, AÑO X, TRIM. 1, Numero 6, Jueves 10 de enero de 1889

Señor Ministro de lo Interior.

Voy a informar a U. acerca del resultado de mi viaje al volcán Poás, comisión que con tanta urgencia y tan repentinamente se sirvió U. encomendarme.

Dejando a un lado lo improvisado y rápido de mi viaje desde San José hasta Alajuela, paso a verificarlo de la manera siguiente. Desde que salí de la primera de las mencionadas ciudades, hasta la vuelta a ella, en todo el viaje me acompaño el joven Elías Garita, que buenamente y sin pérdida de tiempo quiso acompañarme.

No trataré en este informe de levantar a la merecida altura la amabilidad del señor Gobernador de Alajuela don Maurilio Soto y del señor General don Concepción Quesada, a quienes por otra parte, debo dar las más expresivas gracias por sus buenos oficios y la generosa acogida que me dispensaron; para ocasión más oportuna me reservo lo primero.

Doy principio a mi narración desde el momento en que partí de Alajuela, de la tienda del General Quesada, a donde me hospedó el señor Gobernador de aquella provincia, don Maurilio Soto.

El valeroso joven santodomingueño, Elías Zamora, que reside en San Pedro de la Calabaza, a donde se dirigía, viniendo de San José, bondadosamente se ofreció a acompañarme desde la estación de Alajuela hasta el volcán Poás. Al amanecer el día 1° de enero corriente, y al despedirse el año que acaba de terminar, dejándonos recuerdos desgraciados y luctuosos, partí de la tienda del General Quesada con mis dos compañeros, y nos vino a amanecer cerca del río Tambor, donde pude notar que había disminuido el caudal de sus aguas, aunque estas se hallaban bien cristalinas, lo que me hizo pensar que tal hecho solo debe atribuirse a la obstrucción de algún afluente suyo. Continuando nuestro camino llegamos al río Poás; allí observé que sus aguas estaban turbias en extremo, y que su disminución era considerable, aproximadamente unos 0,5 metros, supe que este río tienen un afluente, el Caracha, pasé a examinarlos en su confluencia, y noté que solo las aguas del Poás eran las que corrían lodosas, mientras que las del Caracha estaban cristalinas.

En todo el camino las casas, que por lo general son de tablas, no habían sufrido otro daño aparente que sus tejados, cuya caída había sido, en su mayor parte, hacia el Este. Al llegar a la plaza de la incipiente cuanto desgraciada población de San Pedro de la Calabaza, noté que la casa escuela, edificio levantado al Oeste de dicha plaza, y que con justicia era honra de aquella población, tenía derribado el ático y parte de la pared, hacia el lado Este. En la iglesia que se edifica por fuera de la que no ha muchos días fue devorada por la llamas de un incendió, y que su torre había caído y que su caída estaba dirigida también hacia el Este.
En presencia de estas y otras ruinas, siempre lamentables, me dirigí a donde el Agente de Policía, señor Agapito Murillo, con el fin de entregarle el pliego cerrado que para él me había dado el señor Gobernador de la provincia. Después de conseguirme un baqueano, el señor Murillo me hizo detallada narración de la catástrofe y me condujo hacia las márgenes del rio Poás. Tanto por aquella narración como por la de otros vecinos que no creo necesario mencionar en este informe, cuanto por la posición topográfica de aquel lugar, no pude menos de persuadirme ya, de que el autor de todas nuestras desgracias no era el volcán Poás, sino el de Barba, toda vez que las ondas se los terremotos, en aquel paraje, se habían propagado cas de Este a Oeste y no de Norte a Sur, en cuya última dirección tenía el volcán Poás, mientras que casi con la primera se presentaba el de Barba.

A medida que continuaba el camino hacia el volcán Poás, que tenía al Norte, mientras que el de Barba estaba hacia el Este, mi juicio se iba robusteciendo cada vez más, en la persuasión de que este último volcán era el que había producido las últimas conmociones, en vista de los hechos de inercia que notaba en la caída de los tejados de las casas de madera, y más aun cuando llegué a ver una casa de adobes, cuyas paredes estaban caídas de Este a Oeste, mientras que las de Norte a Sur habían quedado desplomadas pero fijas; igual efecto noté en los paredones del camino, pues, todos los que llevaba a mi izquierda, al lado Oeste, habían caído en abundancia hacia el Este, mientras que los del Este su caída era mucho menor. En presencia de tales hechos ya no tuve la menor duda de que las ondulaciones de los últimos temblores procedían del volcán Barba, que estaba hacia el Este.

El río Prendas lo encontré enlodado, pero sus aguas apenas habían disminuido. De allí empecé a ascender la montaña del Poás, y en todo el paraje que llaman La Legua se mostró hendidura continuada y cada vez más creciente, a tal extremo que en la cima del cerro, la grieta tiene hasta 30 centímetros de ancho por una profundidad que pude sondar hasta cerca de 2 metros. Esta hendidura sufrida en el cerro de Poás, sirvió para corroborar más mi juicio de que el Barba era el volcán de la erupción, puesto que aquella hendidura se hallaba dirigida de Norte a Sur, del pie a la cima del Poás, y su existencia no me la pude explicar de otra suerte que por la resistencia del suelo a la ondulación producida del Barba al Poás.

En un momento de calma atmosférica pude contemplar desde la altura de la Legua las tres colosales chimeneas del Irazú, Barba y Poás, elevando a muy alto sus blancas columnas de gases, de tal modo que pude satisfacerme de la plena actividad de estos colosos enemigos, lo cual me llenó de satisfacción; desde allí pude a la vez contemplar todas las aterradoras destrucciones que ya, sin la menor duda, se la atribuí al adverso Barba.

En el punto denominado Fraijanes, en las márgenes derechas del Poás términos de las ondulaciones, los potreros se deslizaron como avalanchas en una extensión como de 2000 metros y el desgraciado Rafael Castro, con su hogar y la mayor parte de su familia, fueron a encontrar su sepultura en el cauce del río. El término vibración del Barba no se contenta con terminar chocando con el cerro de Poás, donde produjo la hendidura de que hablé antes, y con causar las desgracias en San Pedro, referidas ya, sino que todavía una segunda avalancha se desliza por la encima de la primera y cae de Fraijanes al río. Produciendo nuevo aterro.

Al aproximarnos a la cima del Poás seguimos caminando por un lodazal profundo que descendiendo llegamos al punto Viejo del Potrerillo, a las seis de la tarde, preparamos nuestra cama encima del profundo lodazal. La noche del primero de enero del corriente año, siempre me será memorable: el Potrero es un antiguo cráter del Poás, Rancho Viejo, un flanco. El volcán a distancia de unos 200 metros; un viento desatado casi en tempestad; la espesísima bruma que enviaba el Barba acompañada de la del Poás, oscurecía por completo el cielo, y al envolvernos se convertía en lluvia al enfriarse con el choque de los árboles; y todo eso acompañado de un frío que nos dejaba casi sin acción. Fueron motivo para no dormir nada; al amanecer como si se me considerase como centinela poco vigilante se sucedieron uno en pos de otro, temblores del Barba, cuyos choques de vibración fueron recibidos por el Poás.          

En la mañana el viento aumentó el grado de tempestad; los vapores acuosos, condensándose, se deshicieron en llovizna; y por temor de la caída de un árbol en un terreno siempre flojo, la obstrucción probable del camino, la gran niebla que me impediría ver el cráter del Poás; un pleno conocimiento de su actividad y de no haber producido él ninguna erupción; sabiendo ya con toda seguridad, que el Barba era el autor de nuestras memorables desgracias, resolví dejar aquel paraje y caminando en ascenso por entre el lodo, saltando y cortando árboles desgarrados que obstruían el camino, fríos al grado de entumecimiento, casi atolondrados por un viento impetuoso, mojándonos por la navidad y envueltos en la espesa bruma del vapor de agua arrojada por el Barba a la se juntaba la del Poás, llegando a la cima descendimos hasta San Pedro.

Allí nos despedimos del servicial Agente de Policía, señor Agapito Murillo, y tomé en compañía de Elías Garita, el camino para Alajuela, por todo el cual las cosas estaban como antes. De ida por haber pasado a oscuras el río Itiquís, no pude observar que estaba enlodado y que había disminuido el caudal de sus aguas. Para terminar mi narración, señor Ministro, debo suponer que el seismómetro en el Observatorio Metereológico de esa capital ha de haber marcado las curvas de propagación de las ondulaciones de nuestros terremotos en una dirección casi Norte-Sur, situación del volcán Barba, y no Noroeste, situación del Poás. Además, las paredes de los edificios de San José han manifestado señal de caída en la dirección Este-Oeste, mientras que el desplomo será Norte-Sur.

Termino llamándole la atención hacia la precaución de construir edificios elevados que aunque cómodos y hermosos, me parece ver en ellos el guante del desafío lanzado a nuestros colosos dotados de energía implacable de destrucción. Por fin, si algunos parajes no han sufrido gran cosa de la tremenda catástrofe, su sencilla explicación descansa en la teoría ondulatoria de todo movimiento propagado. Con esto señor Ministro, creo haber llenado mi cometido en cuanto me fue posible, permitiéndome quedar su alto servidor

JUAN DE D. CÉSPEDES G.

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